Había una vez un empleo para un joven. Fin

Estaba yo hace un par de días caminando por el Paseo Zorrilla de Valladolid, cuando me paré apenas unos segundos a mirar mi móvil. No penséis que soy de esa clase de personas que van por la calle mirando su Smartphone, sonriendo sin ninguna razón obvia, tan enfrascados en la pantalla que fuera posible que en cualquier momento se chocaran con una farola. En absoluto. De hecho, actualmente, lo más interesante que tiene mi móvil es el juego del “Snake”. Pero más allá de eso, cuando dejé de nuevo mi móvil en el bolso, mi mirada se cruzó con la de otra persona. No sé durante cuánto tiempo exactamente, pero a mí me parecieron años.  Y antes de que pudiera fingir que eso no acababa de pasar, antes de que pudiera girarme y correr hacia cualquier semáforo en verde, incluso a una parada de autobús y subir en el primero que pasaba, esa persona ya venía hacia mí. Con paso decidido. Me preparé, sonreí de oreja a oreja, y aquel muchacho con una carpeta y un boli en la mano, con un chaleco rojo de una ONG, se acercó a mí y me preguntó muy cordial y desinteresadamente cómo me encontraba. Yo le respondí que bien,  y le hice la misma pregunta. No es que quisiera entablar conversación, pero me parecía de mala educación ser de esas personas que no responden ante actos de amabilidad ciudadana como estos. Y entonces llegó el momento, en el que mi nuevo amigo empezaba a soltarme un gran discurso, mucho más largo que los de los directores de institutos antes de una fiesta con música y comida, se hacer eternos…

Cómo ya os habréis imaginado, ese encantador individuo era un “comercial” (que así lo llaman, para que quede bonito) de unos veinti pocos años, que llevaría bajo el sol digamos que…unas tres horas, por lo que puede deducir del color rojizo de su cara. Que no trato, ni mucho menos, menospreciar tan honrada profesión pero, muy probablemente, si aquella tarde no conseguía convencer al menos a una persona de que se uniera a la ONG que daba a conocer, sus honorarios no serían mucho más altos de lo que cuesta un chicle. Y lo digo, porque yo también he sido uno de ellos, buscando a su presa entre las calles.Imagen

A lo que vengo con todo esto es que menudo percal tenemos montado los jóvenes. Parece prácticamente imposible conseguir un empleo que no sea de cajera, telefonista, comercial o puta. Pero bueno, esta entrada no es para desanimarnos más de lo que estamos, que para eso ya está el telediario, con todos sus porcentajes y cifras, y su “crecimiento negativo”. Que ya me vais a contar a mi como se puede crecer negativamente. ¿Qué se supone que es eso? ¿Crecer hacia abajo? En fin, que esta entrada está para animarnos, porque al fin y al cabo somos la generación mejor preparada, tenemos más títulos en nuestro currículum que alimentos en la lista de la compra. Iba a contaros ahora un ejemplo, de un compañero que con tan sólo veinte añitos había conseguido un puesto bastante digno en una buena agencia de publicidad. Pero lo consiguió por contactos, asique corramos un tupido velo.

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El caso es que somos nosotros los que tenemos que luchar por nuestro futuro, no va a hacerlo ni nuestro profesor, ni nuestros padres (que sí, que a veces sí, pero es que no todos tenemos padres presidentes de algo), y mucho menos va a hacerlo el gobierno. Que existen un montón de páginas web en las que puedes encontrar algún que otro empleo para ir saliendo adelante, que para llegar al primer puesto primero hay que escalar. Y, que sí, que a veces piden como mínimo dos años de experiencia, pero en algún momento se acabará la gente con experiencia si no se da una oportunidad a nadie. Que es terrible que haya que decir esto, pero si no encuentras trabajo en casa, vete fuera. Si no hay es España, vete por Europa, y si no todavía te quedan cuatro continentes. Dicen que el pesimista no se lleva decepciones, pero menudo aburrimiento ser pesimista todo el rato. Ya lo dijo Paulo Coelho una vez, “cuando deseas alcanzar u obtener algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”.

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