¿Quién cambió el compañerismo por la competitividad?

Estaba hace un par de días hablando con unos amigos, y uno de ellos me comentaba que había estado estudiando en una universidad privada de Bilbao. La verdad es que me vi bastante sorprendida cuando me habló de un sistema, desconocido por mi parte, que fomentaba la competitividad en clase. Este se basaba, mayormente, en la publicación de unas listas en las cuales aparecían los nombres de todos los alumnos de los diferentes cursos y carreras, ordenados numéricamente. De esta forma, el número uno era quien mayor nota tenía, y el número “x” (dependiendo de los alumnos que hubiera)  quien la tenía más baja. Lo cierto es que esto no es necesario para saber quién es el más “listo” de la clase, o quién suspende siempre. Pero el hecho de hacerlo público periódicamente implicaba que la ansiedad de los alumnos por acceder a esta información era cada vez más alta, y no sólo eso, sino que provocaba otras consecuencias más negativas, no sólo para el compañerismo, sino para la propia persona. Para empezar, los primeros 30 números siempre eran más afines para crear grupos, al igual que los 30 últimos, de forma que fueran comunes las miradas de desaprobación, los insultos y las malas formas entre dichos grupos. Al igual que en la mayoría de las universidades, se creaban relaciones por propio interés, pero iba más allá cuando algunas conductas rozaban el acoso por conseguir los apuntes de los número uno.
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Sinceramente, yo no he acudido nunca a dicha universidad, y ganas no me sobran, pero al conocer algo así me hace replantear hasta qué punto hemos de fomentar la competitividad entre los alumnos. Es cierto que cuando salgan al mundo laboral sólo unos pocos puedan acceder al trabajo de sus sueños (o a uno medianamente decente según están las cosas), nadie va a andarse con chiquitas y su interés personal va a anteponerse a todo lo demás. Pero no saben lo sumamente desagradable que es sentarte en clase con otras 50 personas, de las cuales la mitad ni siquiera va a contarte (tras tu agradable y educada pregunta) si algún profesor mandó un trabajo el día anterior. Lamentable, que el compañerismo haya quedado tan atrás y que, sobretodo, se vaya perdiendo con el paso de los cursos. Y puedes apreciar cómo en los alumnos de primero todo es amor y arco iris, y en cuarto parecen archienemigos. ¿Hasta qué punto esto nos favorece?
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En la otra cara de la moneda encontramos a aquellos a los que sólo conocemos el día del examen y que, maldita sea, no han movido un dedo en todo el año y finalmente sacan más nota que tú. Y claro, muchos lo afirman abiertamente, ¿por qué tengo que dar y mis apuntes, que he conseguido con el esfuerzo diario, a una persona que no ha hecho absolutamente nada? Supuestamente nuestro querido Plan Bolonia se ha creado para favorecer a los alumnos que sí se preocupen por acudir a clase, frente a estos que prefieren quedarse durmiendo. Sin embargo, aquellos que trabajan, o que no pueden acudir por otras razones son metidos en la misma bolsa que aquellos que no acuden sin ningún motivo de peso. Y sí que es cierto que muchos profesores intentan facilitarte las cosas, pero tampoco se puede negar que muchos otros prefieren no hacer nada y tienes que ser tú el que se busque la vida.

Todo esto del compañerismo, de la competitividad, y del Plan Bolonia es un gran quebradero de cabeza que puede dar lugar a un debate que, difícilmente, pueda llegar a una conclusión general que no sea “menudo lío” o “menuda mierda”.  Pero bueno, para dar una conclusión alternativa, la mía propia, me atrevo a decir que la competitividad es buena siempre que sea sana, y que con metodologías como la anterior de sana, nada. Que el compañerismo no implica dejar los apuntes de todo un año, sino echar una mano de vez en cuando, que si no entiendes algo no te preocupes que yo te lo explico, y que si esta semana no pudiste venir yo te mantengo informada. Que el compañerismo, o la educación, es entrar en la clase con una sonrisa, que no nos cobran, que nos alegran el día, que ya es bastante duro madrugar para ir a clase.  Que si a una persona no le da la gana venir en todo el año es su problema, no hace falta criticarla ni mirarla mal, ella es la que va a sufrir las consecuencias, y siempre que no sea una interesada, ¿por qué no conocerla? Y esto va para los profesores, que no sólo sois eso, también sois educadores, tenéis ese trabajo para entrar en una clase y enseñar a los alumnos, no soltarles una charla e iros a casa a cobrar. Que dar clase no es poner un power point, que esos puedo leerlos yo solita en casa y por lo menos me ahorro el camino. Dar clase es explicar, y ayudar a los alumnos en todo lo que puedan para que consigan sus objetivos. Que no hace falta que seamos “colegas”, nos basta con que sean profesores.

Y de este texto, no se libra nadie ¡HALA!

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